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Cuentos
Yo lo maté! PDF Print E-mail
Written by Luis Gabriel   
Tuesday, 27 October 2009

madre lloraEste señor cura es el hombre a quien le pasan casos y cosas. En 58 años de brega ha visto tal cantidad de paradojas y de “imbroglii” que ya por nada en este mundo se inmuta y nada le hacer perder la perpetua y fina sonrisa.

 

Sin embargo ayer oyó una palabra tal, que le dejo un rato triste y desapacible. Estaba el señor cura en su rectoral haciendo no se que de cuentas de gastos en cemento y obreros para la iglesia en construcción, cuando irrumpe con paso precipitado y con ojos extraviados una señora llorando.

 -¡Padre! Óigame el crimen horrendo que le voy a contar: ¡he matado a mi hijo! A mi hijo Carlos. ¿No lo conoció? ¡Pues yo lo mate! Anoche me lo trajeron bañado en sangre, pero yo fui quien lo mato. ¡Yo, padre, que era su madre! 

Last Updated ( Tuesday, 27 October 2009 )
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Desde el pupitre PDF Print E-mail
Written by Luis Gabriel   
Thursday, 03 September 2009

pupitre¡Catorce años!... Catorce años palpitando en un alma inocente y fresca y en un cuerpo recio y sano… ¡La alegría del claustro y del curso! Para todos tenía una sonrisa, una palabra graciosa, un hombre zumbón, o al menos un guijarro, una cascara que echarles encima, como probando que vivía y se hacia sentir.

 De esa inquietud inocente, de esa vida que brotaba, de esa sangre que brincaba alegre y triunfal en la venas; se resentían naturalmente las calificaciones… era claro y el lo comprendía sin tratar de remediarlo… Está tan bien así. Vidita tan sabrosa sin la inquietud y desasosiego de los primeros puestos, ni la vergüenza bochornosa de los últimos; debía de ser esa la aurea mediocritas de que hablo Horacio Falco…

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Leyenda de los tres principes (Nuevo) PDF Print E-mail
Written by Luis Anaya   
Friday, 26 June 2009

 

Los tres hijos del rey, conversaron solos por un largo tiempo en una cámara apartada y sombría de palacio y con los rostros encendidos al fulgor de la adolescencia, se comunicaron sus proyectos inverosímiles.

 

El mayor iría, mano derecha, a conquistar un lucero: y juró por su espada y por su sangre que no volvería hasta traer en sus manos un fulgurante lucero lejano.

 

El segundo juró por su sangre y por su espada, no regresar sin la amatista milagrosa que hace felices a quienes la miran y que se halla oculta bajo un mirto antiguo en una de las mil selvas del mundo.

 

- Y el tercero juró... mis jóvenes amigos, ¿qué juró el tercero que era el menor de hijos del rey? Juró un compromiso dejó atónitos a sus dos audaces héroes. Por su espada y por su Dios, juró conquistar el Santo Grial, que es el sacratísimo cáliz donde Jesús, Nuestro Salvador bebió de su propia sangre la noche de la última cena. Este cáliz de oro está encerrado en un altísimo peñasco de granito, para subir al cual hay que trepar diez cuchillas tajadas a pico sobre el abismo, hay matar tres horrendos vestiglos y después con mano firme, sacar de la peña el Divino Cáliz con el paño ensangrentado

y blanco que dice la leyenda.

 

Los tres hijos del rey, con los ojos iluminados y místicos, se abrazaron y se despidieron.

 

Y cuando llegó la noche y la luna se asomaba por detrás de las almenas del palacio, sin darle un beso siquiera al rey, se marcharon en sus corceles por los caminos azarosos que habían escogido: el uno mano derecha, el otro mano izquierda, y el menor con los ojos en ascuas ante lo soberbio de su empresa por donde le decía su corazón.

 

Al día siguiente en el castillo no se encontraron los tres herederos del reino; el rey mesándose la barba blanca, con voz ronca, despachó veloces seguidores tras los tres príncipes.

 

Pero los tres infantes estaban lejos. Una noche de galope.

 

— ¡No vengáis sin ellos! les dijo a los fieles esclavos; no volváis sin mis hijos, porque os cuelgo de los garfios oxidados de las escarpas.

 

Un esclavo después de marchar muchas semanas sin descanso encontró a la orilla del océano al hijo mayor del rey, yaciente, los brazos extendidos sobre la arena calcinada.

 

“Y en sus ojos azules se miraba una estrella como una lágrima de oro”.

 

El esclavo se acercó a ver si aún vivía; pero estaba muerto. Lo alzó sobre su espalda de azabache, arreó el caballo blanco y regresó con su señor a cuestas.

 

Y cuando el viejo rey, vio y contempló en las pupilas de su hijo, el lucero lejano, aunque el monarca no había hecho en toda su vida sino guerrear, batirse, atacar y matar, y nunca jamás había llorado, el viejo rey sintió que le caían dos lágrimas de los ojos sobre los duros bigotes, que se apresuró a lamérselas con la lengua.

 

El infante que marchó por los caminos trágicos que quedan a mano izquierda, se sumergió impertérrito por todas las espesuras horrendas de los bosques sin luz, por todos los mares verdes de los árboles ululantes y confusos. Sangrante el rostro de zarzas y de cactus, en su fiebre creyó descubrir bajo un mirto que brotaba a la orilla de una laguna, la amatista perseguida de la felicidad. Y sin dudarlo un momento se lanzo al pantano donde esperaba hallar su sueño dorado. El agua se revolvió con el peso del joven, enturbiándose el charco engañoso, y la amatista aparente desapareció bajo el lodo del cenagal. El hecho fue que a los dos días, un esclavo por los relinchos del bridón encontró el cuerpo del infante loco, flotando sobre las aguas, y el príncipe agarraba en sus manos la mísera raíz que tenía el color violado de la amatista. Y en sus pupilas, retratado el último ensueño, el cuarzo milagroso y esquivo de a dicha. El rey cuando vio a su segundo hijo, muerto también, volvió a llorar.

 

Pero el tercer hijo, el menor de todos, el preferido del rey, no se pudo encontrar porque había marchado por el camino sin rastros que dicta el propio corazón.

 

Galopó días enteros buscando ansioso en el horizonte, el peñasco de a aventura y de la gloria donde debería desentrañar el Santo Grial. Después de mucho trotar (porque todas las cosas de ensueño suceden muy lejos) paró su potro al frente de la cueva de un ermitaño.

 

¿Dónde queda, santo solitario, dónde queda la peña en que está encerrado el cáliz de Nuestro Señor?

 

Y el santo anacoreta, mostrándole con el brazo retorcido como un gajo seco de arrayán:

 

— Allá lejos, junto a las nubes, en aquellas rocas nevadas que se balancean sobre el abismo, allá está enterrado el Santo Grial.

 

— Si quieres conquistarlo, te doy dos consejos: Haz de ser puro como un ángel e imprudente como un neófito... Ningún manchado puede tomarlo en sus manos sin un sacrilegio, y es imposible que persevere un aspirante prudente (S. Bernardo, de vida solitaria, lib. 1, cap. 5, No. 14). ¿Ves esos peñascos terroríficos que se pierden en la neblina de la altura? Son trece por todos, y para cada uno hay un año de subir, un año de luchar y de perseverar. Al tercer acantilado, te saldrá al camino un vestiglo, que con su vaho te querrá adormecer, para después engullirte. Muchos de los que han pretendido subir a esa altura, dejaron sus huesos en ese peñasco trágico. Ese dragón o vestigio, tiene un nombre misterioso y manchado: ¡CARNE! Si en la lucha te llega a morder y sobre todo, si te deja marcada a dentellada, devuélvete, no sigas subiendo, porque ya el Divino Cáliz, no es para ti.

 

Más arriba, si es que no dejas tu alma en jirones y tu ideal en flecos, en las agujas de las rocas anteriores, hallarás en el sexto peñón una fiera que te querrá cerrar el camino, y que ha precipitado a miles de jóvenes que habían logrado vencer hasta allí: Tiene otro nombre arcano maldecido por el mismo Cristo Nuestro Señor: ¡MUNDO! Si triunfas, sigue adelante sin prudencia: porque ordinariamente las prudencias son cobardías, sigue adelante la cuesta del Santo Grial y de la Santa Gloria… y después será Satanás en persona que inventará todo lo posible, todo lo imaginable, para hacerte rodar al precipicio... para desplomarte de tu divina ambición. Si no te arredras, si no te da vértigo la altura, si persistes en la ascensión, a fin llegarás al último picacho que se pierde en las nubes… que está junto a la altura infinita.

 

Encontrarás allí unas señales de sangre en la peña viva. Síguelas: y al fin llegarás al sitio donde está enterrado el santo depósito. Con la tela blanca de tu propia integridad y pureza y roja de tu propio amor, podrás arrancarlo. Habrás entonces, logrado una gloria sin nombre, una corona que no tiene precio. No preguntes qué se gana materialmente con lograr el Santo Cáliz de Cristo. Los que se hacen esa pregunta miserable, son indignos de llegar a la cumbre. ¡Se gana la gloria de alcanzar lo divino, lo que ganan los que quieren triunfar y mueren! ¡Y, buen viaje, joven caballero...!

 

El ermitaño le dio la espalda al jinete que lo había oído rígido en los estribos de su potro y volvió a sumergirse en su cueva de silencio.

 

Mientras tanto el menor de los hijos del rey proseguía su camino y al mismo tiempo que se iba perdiendo el ruido atropellado del galope, el potro y el infante se envolvían en una nube de polvo.

 

¿Llegaría el príncipe a la cumbre? ¿Darían cuenta de él los vestiglos y las fatigas? ¿Se arredraría por lo empinado de la cuesta?

 

¡Cada uno de vosotros, responda, mis jóvenes amigos! Porque cada uno de vosotros los muchachos que estáis en tercero, o en Sexto o quizá en el Seminario Mayor, sois el príncipe ambicioso de este cuento.

 

Sólo vosotros en lo íntimo de vuestra conciencia, podéis contestar si habéis vencido o si sois unos derrotados.

 

Si tenéis preparado el paño impoluto con que se toma el Cáliz de Cristo, blanco de pureza y rojo de amor.

 

Y vuestra propia historia dirá si el príncipe llegó hasta el Cáliz o si dejó su cuerpo y su alma en el camino, ennegreciéndose como los huesos de los derrotados.

 

Last Updated ( Friday, 26 June 2009 )
 
Lecciones de escultura (Nuevo) PDF Print E-mail
Written by Luis Anaya   
Friday, 26 June 2009

 

En la alcoba rectoral se oía de vez en cuando ese quejido aristocrático y blando producen las hojas de los libros viejos pasar.

Sobre un folio amarillento, escrito en latín y cuyo título era “De gratia habituali” se posaba blanca pero retorcida y huesosa mano del rector. Y sobre las palabras del libro iban caminando sus ojos inteligentes, cansados y relampagueantes.

Era el Rector hombre ya entrado en años, de perfil monástico y de sienes calvas que le daban aspecto típicamente eclesiástico. El Rector era buen latinista y muy buen teólogo, pero sobre todo hombre de gran criterio espiritual y de un tacto exquisito para manejar a sus súbditos.

Leyendo estaba con verdadero deleite una página de su autor predilecto cuando tímidamente tocaron a su puerta.

— Siga! Hijo mío, ¿qué vientos lo traen y en qué puedo servirle?

— Padre, vengo a pedirle un favor...

— Y ¿se puede saber cuál? preguntó el sacerdote sonriendo.

— Que me haga el servicio de cambiarme de celda.

El Padre Rector volvió a sonreír con malicia: ¡estaba tan habituado a oír y relegar la tal petición!

 

— Y ¿eso por qué, hijo mío? ¿Acaso no tiene buena luz esa? o ¿talvez no es bien amplia?

— No es eso, Reverendo Es porque tengo un vecino. Verá Padre.., no me va a creer porque esto me parece más cuento de brujas... Tengo un vecino a quien todas las noches vienen a visitar del otro mundo. Es a las nueve de anoche: las nueve que se descuelgan allá en el Carmen y el aparecido que llega.

Ya esto va para un mes: y a veces de pavor, a veces de deseo, la cuestión es que yo paso las horas en vela.

El Rector le hundía los ojos en los ojos a su interlocutor leyendo en su alma, mientras se surcaba con el dedo meñique la espesura de las cejas.

— ¿Y es verdad lo que me dice?

— Verdad, Reverendo: como que estamos aquí los dos.

— Y ¿quién es el vecino?

— Hernando, Padre.

— Dígame y ¿cómo pasa el cuento?

— No es cuento, Padre, aunque parece de brujas. Es una historia increíble. Yo tampoco la creía al principio pero todos los días a veo con estos mis ojos.

El joven se mostró los ojos. Unos ojos enormes y sinceros.

Ya que me pregunta le voy a contar lo que sé. Como su Reverencia ha notado, al Hernando le ha gustado mucho todo eso de pintura y escultura: eso es cosa sabida desde hace varios años. Pues bien hará dos meses —tal vez más que menos— está lee que lee en los tiempos libres un manual de escultura. A ese libro, por lo viejo y por lo usado se le ha ido perdiendo el título y ahora no le queda sino la primera palabra: Vie. Ese título no parece que concuerde con el asunto, pero el libro en verdad no habla sino de escultura. Y el autor como que fue un escritor francés del siglo XVII. Y como su Reverencia sabe, a los años nuestros las frases hacen hueco en el alma y si se lee un libro es para que se hunda en el corazón: pues a él le el ha entrado pasi6n por la tal escultura.

No sé que pasó: tal vez Hernando haya hecho pacto con las ánimas o con el mismo Cristo Nuestro Señor de que le enseñen escultura, la cuestión es que noche por noche se le aparece un escultor. Y todo el rato está dándole clase de escultura. ¡Cada día, Padre, me convenzo de lo terrible que son los libros! Enloquecen a uno fácilmente...

El Rector se sonrió sin dejarlo de mirar de hito en hito.

— Ya hace un mes estoy viendo la clase a través de las rendijas de la puerta. El maestro del otro mundo que llega y Hernando que extiende los brazos en la pared para recibir a clase.

¡Pero no se ría, Padre Rector! que por eso no había venido, porque pensaba que no me iba a creer: sí, esto es una historia rarísima pero verdadera.

Sí: extiende él los brazos porque la clase tiene una particularidad: que el escultor le enseña a esculpir tomando por mármol la propia carne de Hernando. Sobre ella, según los oí, ha empezado a esculpir un Cristo que como que es el motivo más bello y más amado en escultura.

Hace días le está labrando los ojos que dizque le estaban dando mucha guerra. Con gran cuidado le talla con un formoncito de media caña, y cuando Hernando se queja el maestro le dice sonriendo; no te muevas por Dios queme lo haces dañar.

¿No ha notado su Reverenda que Hernando mira ahora de un modo distinto a todos nosotros?

Y verdad era... pensaba el Rector para sus adentros: se le han vuelto los ojos tan dulces y tan suaves… tan recatados y tan castos que de veras algo de cierto habría en la leyenda...

— Anoche, Padre Rector, oí lo que conversaron después de la clase; que luego que terminara los ojos seguiría con a boca para tallársela igual a la de Cristo casta, caritativa y prudente... Y que la talla del corazón la dejaría para lo último. A eso dizque habría que darle mucho formón, y, (aquí Padre, se rió el maestro) hasta unos golpecitos de hachuela. Este es el punto más delicado y dificultoso de tallar porque cuando se está labrando se siente un dolor terrible en todo el cuerpo y en todo alma.

“Cuando lleguemos a esa lección lo único que tú debes hacer es dejarme a mí y no moverte. Verás luego lo bella que queda mi obra y tu obra. Entonces quedarás perfectamente graduado y maestro en este difícil y raro arte tallar Cristos”.

Padre; una cosa le voy a decir... Para mí, el maestro de Hernando es Cristo en persona. Tiene la misma estampa y sobre todo un brillo, un resplandor que no puede ser otro sino de nuestro Señor Jesús.

— Dígame, hijo, ¿y todo eso se sabe claustro?

— Sábese, Reverendo.

— Y ¿por qué quiere usted cambiar de celda, cuando es más bien un privilegiado punto de observación?

El muchacho se puso rojo. Bajó la cabeza de 18 años llena de ambiciones, y dijo con voz turbia:

— ¡Padre, porque me desvelo de envidia!

***

 

Ese salón de los teólogos tendrá no menos de tres siglos de viejo. Sus paredes gruesas como las de una fortaleza han sido treinta veces enjabelgadas de cal. Del artesonado austero y carcomido penden ahora focos eléctricos, de los mismos clavos de donde pendieron antaño lámparas de aceite para alumbrar la lectura tranquila de los frailes menores.

La antigüedad de las paredes hace feliz contraste con la juventud exuberante de los albergados en ellas.

Por todos eran doce los teólogos el año en que pasaba la historia: suficientes embargo para alegrar el estudio con miradas iluminadas y con sus risas contagiosas.

En el salón se oía el ruido alegre de los libros nuevos, olorosos y sonantes. Noldin

Arregui, el canónigo Hervé, y el cardenal Luis Billot… Cosa extraña: los doce jóvenes teólogos esa tarde estaban nerviosos mirando persistentemente hacia atrás, hacia el puesto donde Hernando, el de toda la historia, estaba tranquilamente preparando su tesis del día siguiente:

Estaban mirando cómo estudiaba Cristo la tesis del primado de Pedro.

***

Repentinamente sonó el esquilón a comunidad.

Todos se miraron inquietos. ¿Qué nos a decir el P. Rector? ¿Prohibirá la clase de escultura y dirá que son esas cosas de brujas y de aparecidos, indignas de la seriedad del plantel?

Al mozo de la clase en cuestión le mandó el superior la razón de que se quedara afuera.

El rector sentóse en la silla central y empezó: La luz del foco abrillantaba sus sienes y chocaba con sus ojos que resplandecían.

— “He sabido el cuento que acerca de alguno de ustedes se anda hilvanando. Sin informarme de lo cierto del caso, porque ello no importa al principio dogmático, les he de decir mi parecer sobre esa materia”.

El rector se perfiló la tolda de cejas que amparaba sus ojos y siguió serenamente:

— Bien... Cuéntanme que un seminarista está esculpiendo en su carne y en su alma la imagen de Cristo. Y cuentan también que es Cristo en persona quien hace la talla.

Pues voy a decirles o que pienso sobre este caso, extraño a primera vista. Dos palabras encontramos en la Sagrada Escritura que dan luz definitiva sobre este problema: la primera, en la epístola de los Romanos dice textualmente: Conformes fieri imágini Filii sui… lo que pudiéramos traducir: esculpir la imagen de Cristo en nosotros mismos.

La segunda palabra es ésta y la hallamos en el evangelio de San Mateo, XXIII “Magister vester unus est, Christus”, que traducido y reducido es equivalente a decir: vuestro maestro en la obra de la santificaci6n, de ese transformarnos en Cristo, es Cristo mismo.

De modo que la historia que cuentan es exactamente lo que Dios nos pide a nosotros.

Quedan pues autorizadas y aprobadas las clases de talla divina.

No solo eso, sino que todos quedan invitados a entrar en ella: esa deberá ser la materia principal del programa.

¿Y cómo lograr adelantar en esa clase, y seguir el curso completo?

Oídme: Hay un libro antiguo que habla exclusivamente de escultura divina. Según tengo entendido, ese libro ha usado vuestro compañero afortunado. Os aconsejo lo consigáis, y lo estudiéis lección por lección... Titula: “Vida y Reino de Jesús en las almas” y fue escrito por un tallador de almas, San Juan Eudes. Otros dos libros os encomiendo especialmente: “Vida de identificación a Cristo Jesús” por el P. Joeguer y “En Cristo Jesús” por el P. Raul Plus.

Claro que en este arte, como en los demás, lo principal es la práctica. Como dijo un poeta francés: “Si viviéramos mirando al cielo, terminaríamos por tener alas”. Lo mismo pasa aquí: si miramos mucho a Cristo terminaremos por volvernos El.

Miradlo en todas vuestras acciones, por la mañana y por la tarde, al frente y atrás, a la derecha y a la izquierda, por dentro y por fuera.

Señor, Señor. Tú antes, Tú después. Tú en la inmensa hondura del vacío, y la hondura interior...

 

Tú en la aurora que canta y en la noche que piensa; Tú en la flor de los cardos y en los cardos sin flor.

La meta de todo ese continuo mirar será lograr decir algún día con absoluta verdad: “vivo, digo mal, no soy el que vive, es Cristo que vive en mí”. Queda pues abierta la clase. Clase verdaderamente para artistas. ¿Cuán tos serán los que se matriculan en ella?

El rector quedóse un rato en silencio mirándolos con sus ojos cansados y resplandecientes, a la sombra de la tolda sus cejas, mientras todos ellos clavaban cabeza con un gran peso de ideal...

 

 
Las suelas de Satanás (Nuevo) PDF Print E-mail
Written by Luis Anaya   
Friday, 26 June 2009

 

 

Sentado en el banco de su celda y arrebujado en su grueso balandrán de paño, el Hermano Luis contempla distraído el paisaje que rodea el seminario. Bajo un cielo plomizo se extiende la sabana monótona enmarcada de eucaliptos y recortada a lo lejos por colinas.


El Hermano Luis es un joven filósofo de 17 años, fornido y sano, a quien han hecho robustecer los frijoles de la cena conventual. Posee lo que llaman los tratadistas de oratoria el “exordio de insinuación” y es el hombre de confianza de la casa. Es el que reparte las escobas (uno de los puestos de más importancia y de más compromisos en el noviciado); es quien planea los paseos y saca los permisos, y sobre todo, el que logra convencer al maestro de novicios.

 

Desgraciadamente las muchas alabanzas que ha recibido y la simpatía general de que lo han rodeado sus condiscípulos, han atacado invisiblemente y han debilitado el corazón del seminarista. Y lo peor de todo es que lo han vuelto soñador, que es lo menos indicado para un novicio, como lo enseña una larga experiencia.


Precisamente en este momento está mirando distraído a través de la ventana de su celda. De repente lo saca de su ensoñación el llamado de alguien que toca a su puerta. El Hermano Luis, un poco sobresaltado, pensando si será el superior, manda seguir.


— ¿Es usted el Hermano Luis?

 

—    Si; para servirle.


— Hermano vengo de parte de su familia, y deseo hablar con usted confidencialmente. No se extrañe de mi presencia aquí, que ya se la voy a explicar. ¿Quiere que nos sentemos?


El Hermano Luis le ofrece una silla al desconocido, mientras contempla azorado el rostro pálido e inteligente del forastero, que lo mira con pertinacia y afabilidad.


— Don Julián, su padre, me ha suplicado que venga a hacerle una visita oficiosa. Soy médico graduado en varias universidades europeas, pero mi medicina, aparte toda modestia, es un prodigio de sabiduría y de penetración. He sido profesor en algunas facultades extranjeras, y ahora estoy en un viaje de estudio por América 
del Sur. Me han dicho que usted está enfermo. ¿Es verdad?


— No. Doctor, absolutamente. Gozo de perfecta salud.


Eso, Hermano Luis es lo que vengo de parte de su padre a examinar. Permítame un momento. Usted sabe que la mayor parte y las más graves de nuestras dolencias las desconocemos nosotros mismos.


El doctor sacó de un finísimo estuche un fonendoscopio y auscultó el corazón del seminarista.


— ¿Observa la aguja? Su oscilación significa que usted está enfermo. Su corazón está angustiado y febril, requiere un cuidado especial de toda urgencia.


El médico guardó lentamente el aparato y volvió a mirar al joven novicio. Era hombre de unos cincuenta años, pulcramente vestido de paño oscuro. Tenía una mirada acerada e implacable, al mismo tiempo que extraordinariamente persuasiva.


Después, sonriendo, como para ganarse toda la confianza de su paciente, continuó hablando. Su palabra era viva y fugaz, sin dejar de ser extrañamente dominadora.


Le habló al Hermano de las diversas enfermedades del corazón, y de los últimos sistemas psicopatológicos. Le discurrió sabiamente acerca del subconsciente y del psicoanálisis, de la libido y de la sublimación; le inquirió acerca de sus sueños y se los interpretó de un modo peregrino aplicándoles las teorías de Segismundo Freud y Karl Jüng. Y por último e formuló, como los únicos remedios para sus dolencias, los derivativos del mundo y de la gloria y del amor.


El Hermano Luis miraba deslumbrado a aquel desconocido que de tal modo le 
había subyugado con su palabra. Un instante logró apartar sus ojos de la mirada 
de su extraordinario interlocutor, y contempló angustiado la estampa de la Virgen que tenía en su mesa de estudio.


Después volvió a mirar al médico que parecía calcinarlo con el brillo fulgurante de sus pupilas. Y siguió largo tiempo oyéndolo hablar de cosas que él no había pensado jamás: de los imperativos de a naturaleza humana y de los peligros de los que contrarían las exigencias del corazón.


Habían pasado tal vez varias horas. Pero el Hermano Luis no se daba cuenta del tiempo. Al fin el médico se acercó al seminarista y le puso cariñoso las dos manos en los hombros mirándolo con extraña insistencia.

 

— Mire, Luis: a los 17 años hay que hacer algo en la vida. Usted, ante todo, necesita probar el amor... Usted no está hecho distinto de los a demás hombres. Busque el sentido 
y la utilidad de la vida. Y tenga mucho cuidado con la enfermedad del corazón, que eso le puede traer gravísimas consecuencias.


Y para despedirse, el doctor miró con atención no desprovista de ironía los libros que se enfilaban en el pupitre del seminarista: la Santa Biblia, algunos textos de filosofía y unos tratados de mística.


— Luis... ¡si viera usted mi biblioteca! Un día tal vez se la he de mostrar, y entonces sabrá lo que son los libros...


Por último, se despidió afectuosamente del joven estudiante, y se alejó por la galería.


El Hermano Luis quedó desconcertado. Todavía guardaba en su retina lo impenetrable, lo misterioso, lo dominador de la mirada del médico. Todavía resonaban en sus oídos las palabras embrujadas de ese hombre.


Miró el reloj, y cayó en la cuenta de que sus compañeros estaban en la comida. Caminando como un sonámbulo llegó al refectorio, pidió excusas al superior por la demora, y se dirigió a su mesa.


Distraídamente oyó la lectura en latín que estaban haciendo en ese momento en la cual se escuchaban las palabras bíblicas: “Todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida”.


El Hermano Luis no probó la comida: le ardía la cabeza, y le parecía feo e insípido todo, desde la lectura hasta la sopa.


Después, en la recreación, estuvo solo, paseándose en silencio por los claustros. Verdaderamente estaba sintiéndose enfermo del corazón, y desconocidas ambiciones le hacían ver estrecho el patio y angosta la vida. “Usted necesita probar lo que es el amor”... resonaba continuamente en su espíritu.


Estaba el superior esa misma noche rezando Maitines y Laudes, cuando el Hermano Luis tocó a su puerta.


El Padre o hizo esperar algunos minutos mientras terminaba una lección y después le dijo con una maliciosa y suave sonrisa:


— Hable.. Hermano Luis. ¿Algún permiso? ¿Otra excursión?...


— No Reverendo. Vengo a hablar con S. R. íntimamente. Me siento un poco enfermo del corazón, y me está pareciendo estrecho el espacio y la vida del seminario para mis anhelos. Y S. R. no se escandalizará: necesito ir a probar el amor.


Y siguió repitiendo casi textualmente todo el discurso del médico sin omitir aún 
la interpretación forzada de sus sueños.


El superior lo oyó tranquilamente hasta el fin, con una sonrisa de ironía... Y  cuando terminó le dijo: 

— Hablando claramente Hno. Luis: ¿De modo que usted piensa que necesita un amor que no puede hallaren el claustro?

 

—    Así es Padre.


— ¿Y desde cuándo está con esas? ¿Quién e enseñó todo lo que me ha dicho?


— Hace algún tiempo un médico me habló muy claramente de las leyes que rigen al hombre...


El superior, que tenía por lema “no atajar a nadie” y que “al seminario entra el que puede y sale inmediatamente quien quiere”, le respondió calmadamente:


— Usted sabe, Hermano Luis, que en las galeras del servicio de Dios todos los galeotes son voluntarios. De modo que si ese es su parecer lo sentiríamos mucho, pero puede realizarlo. Solamente le voy a pedir una cosa: usted ha sido muy devoto siempre del dulcísimo Corazón de María. Vaya y consúltele a Ella. Y si persiste en su idea, se despide de Ella como buen hijo. Ella hasta hoy ha sido su Madre; antes de marcharse por los caminos que le mostró 
médico, aconséjese con Ella. Y recuerde que esta puerta del seminario sólo se franquea una vez...


El Hermano emocionado pero resuelto salió de la rectoría y se dirigió a la capilla solitaria. Eran cerca de las diez de la noche, todas las luces estaban ya muertas. Solamente la lámpara de aceite proyecta una luz vacilante sobre los grandes ventanales de la capilla, y sobre la imagen del Corazón de María. El seminarista se arrodilló ante la imagen, la miró una vez 
bajó la cabeza soñolienta. Haciendo un esfuerzo real volvió a levantarla para rezarle a la Virgen. A los pies de ésta enroscaba la simbólica serpiente, que miraba con sus ojos llameantes. Abrió Hermano muy bien los suyos, impresionado porque había descubierto en el 
fulgor de la sierpe algo semejante al brillo los ojos hipnotizantes del psiquiatra, cuando le decía: “Luis usted tiene que pobar lo que es el amor”.


Después volvió a mirar el rostro Corazón de María. Este era un símbolo del amor. Se le ocurrió en un momento si sería posible buscar ahí el amor y la satisfacción sentimental que necesitaba para su vida.


¿Encontraría acaso en Ella la ternura, la belleza, la intimidad y el ardor (y porqué no decirlo), los besos que su alma de 17 años necesitaba?


¡Probar lo que es el amor!... ¿No sería para eso precisamente para lo que se ha 
puesto por modelo a los jóvenes seminaristas que se van a apartar del mundo y de su vano amor, al Corazón de María como un objeto satisfaciente del ardor juvenil?


¿Podría quizá la Virgen colmar, saciar, lo que su corazón exigía?


El pobre seminarista, soñoliento, sintió que alguien le tocaba suavemente los hombros. Volvió los ojos angustiados, y vio a una joven de una belleza y de una ternura sin igual.

 

La Doncella le pasó las manos suaves como lirios por la frente sudorosa. Y le dijo con voz apenas perceptible:


— Hermano Luis, Yo soy el amor que tú buscas. ¿No quieres probar lo que es el amor? Yo también quisiera saborear el tuyo. No te vayas en busca de las cisternas salobres y secas del mundo. El mundo engaña y la carne mancha. Yo soy la que puedo dar sentido, y utilidad a tu vida. El sentido de la vida proviene de la conformidad con la voluntad divina. Nada más puede explicar y expresar la vida. Y yo te enseñaré a cumplir esa voluntad. Y la utilidad es la proyección de tu vida sobre los demás. Mira a lo lejos el resplandor de una Hostia que brilla en tus manos para el mundo y el de un Sacrificio que transformará tu existencia. Hermano Luis, tú no sabes todavía lo que es el amor, y sólo lo sabrás cuando me conozcas el Corazón.


El Hermano Luis extasiado, quiso levantarse para besar las manos de la Dulce Doncella. Pero Ella lo retuvo suavemente diciéndole:


— Antes de llegar a los ósculos del amor has de pasar por los besos de la sangre y del dolor, de la abnegación y de la humildad. Es cierto que necesitas implacablemente del amor. Que las exigencias del corazón no se pueden burlar... Busca mi amor. Entrégalo todo a cambio de mi amor. Y no des crédito a la carne, ni des crédito al maldito.


El Hermano Luis levantó la cabeza que tenía caída sobre el pecho, y miró inquieto la capilla solitaria. Sólo seguía velando la lámpara de aceite que reflejaba su luz sobre el rostro de la Virgen del Corazón.


A lo lejos el reloj de la parroquia daba las doce de la noche.


El Superior, que había aguardado hasta ese momento orando por su hijo espiritual, entró al sagrado recinto y le dijo:


— Hermano, es tiempo que se vaya a acostar...


El Hermano Luis atravesó vacilante la capilla, y acompañado de su superior se fue por los corredores.


— ¿Siempre se marcha a buscar y a probar lo que es el amor? le preguntó en voz baja el Superior.

 

El Hermano no pudo contestar una palabra, porque no tenía voz en la garganta. Al día siguiente el seminarista no se levantó a la hora de costumbre. El enfermero penetró en su cuarto y lo halló delirando. Y en la fiebre hablaba del amor, y de la Virgen, y gritaba que no le dejaran entrar al “Doctor” que se estaba asomando.


Mientras esto sucedía en la celda del Hermano, un novicio barría como de costumbre el corredor adyacente. Y barriendo notó que las tablas del piso tenían rastros negros como de una plantilla de fuego que hubiera pasado por allí calcinando las maderas.


A los pocos minutos todos los 15 novicios se habían reunido con sus escobas y sus delantales, a examinar y a dictaminar sobre las pisadas carbonizadas.


Rasparon el carbón con el cabo de las escobas, e invariablemente todos decían: “Eh Ave María, esto no pudo ser sino el puro diablo que pasó por aquí. Hijuel casco p’a bravo...”.

 

 

 

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  • Scumbling
  • Forsaker
  • Adulterating
  • Iciness
  • Circulatable
  • Actuates
  • Dissimulating
  • Striddle
  • Assister
  • Meretriciousness
  • Trimly
  • Fluoresce
  • Dislocates
  • Tactlessly
  • Misrules
  • Uprootedness
  • Unboundedness
  • Outstays
  • Superheater
  • Refreshened
  • Resecting
  • Chaines
  • Yieldingness
  • Uninterestedness
  • Bimolecular
  • Miraculousness
  • Tearer
  • Anticholinergic
  • Vaingloriousness
  • Phonic
  • Underlays
  • Controversialist
  • Oiliest
  • Rubberizing
  • Trusteed
  • Communize
  • Nonassessable
  • Delegitimizes
  • Boffo
  • Lactiferous
  • Stonier
  • Salvages
  • Stupefies
  • Substantiable
  • Fumigate
  • Classicality
  • Weening
  • Kiboshed
  • Discomposing
  • Figurativeness
  • Reverberative
  • Unharnessing
  • Solvating
  • Lowermost
  • Hieratical
  • Transubstantiating
  • Fossilize
  • Malignly
  • Predestinating
  • Eagerest
  • Unrounded
  • Saunterer
  • Electroforming
  • Overmastered
  • Fascinator
  • Cajolery
  • Incontinently
  • Synthetized
  • Chaines
  • Overgeneralizing
  • Inosculated
  • Ensouls
  • Lobar
  • Sleighed
  • Preclusive
  • Assailment
  • Ampler
  • Overfamiliarity
  • Misgive
  • Schmoozes
  • Gerrymander
  • Assort
  • Unlashing
  • Prurience
  • Superintended
  • Predeceasing
  • Inwreathe
  • Lifelessness
  • Vouchsafing
  • Moresque
  • Circuitously
  • Condoled
  • Stateliness
  • Irrigative
  • Multipolarity
  • Nobiliary
  • Nudely
  • Hypnotization
  • Hales
  • Dossing
  • Sterically
  • Fumigate
  • Rustier
  • Prepense
  • Encashment
  • Disinteresting
  • Airworthy
  • Effloresced
  • Desolateness
  • Calumniates
  • Privatizes
  • Encasement
  • Murderousness
  • Animato
  • Upsprings
  • Shinty
  • Univalent
  • Reckonable
  • Snigged
  • Swived
  • Surficial
  • Avowing
  • Resat
  • Unwieldiness
  • Countersues
  • Avowing
  • Handleable
  • Blabbers
  • Commentates
  • Cosigning
  • Laciest
  • Disencumbering
  • Cooperativeness
  • Disforested
  • Suppurates
  • Regressiveness
  • Domesticates
  • Deburring
  • Hewer
  • Prurience
  • Trashier
  • Wearisomeness
  • Concentricity
  • Readably
  • Seaworthiness
  • Cagiest
  • Unsexes
  • Capturer
  • Hisser
  • Sappier
  • Syllogize
  • Beheads
  • Denotative
  • Regardfully
  • Superintends
  • Unlashing
  • Fortissimi
  • Extraordinariness
  • Predestinate
  • Pastorals
  • Orthorhombic
  • Basophilic
  • Ensouling
  • Isomerization
  • Sermonizer
  • Versified
  • Burglarproof
  • Soddening
  • Fussier
  • Indiscriminating
  • Gladding
  • Depressingness
  • Stotting
  • Kiboshed
  • Widthwise
  • Sententiousness
  • Demographical
  • Propounds
  • Swived
  • Underbred
  • Adulated
  • Rejuvenescent
  • Expertize
  • Transcaucasia
  • Inweave
  • Censing
  • Stragglier
  • Sauciness
  • Frowziness
  • Onomastic
  • Bandies
  • Liquorish
  • Interpolators
  • Spontaneousness
  • Contemporizes
  • Disburser
  • Invisibleness
  • Outstepped
  • Illogicality
  • Liquorish
  • Demountable
  • Flagellates
  • Famishes
  • Invasively
  • Picturesqueness
  • Miscalled
  • Coarsen
  • Acrimoniousness
  • Superadds
  • Negotiability
  • Upholder
  • Facultative
  • Storable
  • Corruptive
  • Officiousness
  • Triflingness
  • Maturest
  • Salients
  • Synthetical
  • Debonairly
  • Inspanned
  • Dealcoholized
  • Requites
  • Hypnotization
  • Enslaver
  • Synthetized
  • Hermetical
  • Averseness
  • Annotative
  • Outspokenly
  • Tremulousness
  • Depolymerizing
  • Extortive
  • Voluminously
  • Scaping
  • Manipulability
  • Rayless
  • Insufflator
  • Operose
  • Weens
  • Scaping
  • Ruminative
  • Lividly
  • Primmer
  • Ensiform
  • Deodorized
  • Unloosening
  • Serrating
  • Enlightener
  • Imprudently
  • Scalier
  • Confected
  • Academical
  • Ventricose
  • Glaucous
  • Nattiest
  • Shallowing
  • Epistolatory
  • Backhandedly
  • Depressurization
  • Detachably
  • Damascenes
  • Irrelevantly
  • Obbligati
  • Colonialized
  • Indigestibility
  • Breezier
  • Hellishness
  • Inwreathe
  • Smoulders
  • Insphered
  • Speechify
  • Osculate
  • Mislike
  • Customable
  • Valuating
  • Fluvial
  • Roughish
  • Verisimilar
  • Orthorhombic
  • Misguides
  • Disaffect
  • Temperateness
  • Tartly
  • Tweaky
  • Sained
  • Recommendatory
  • Scumble
  • Amasser
  • Vouchsafing
  • Dree
  • Stancher
  • Vaguer
  • Doltish
  • Promisee
  • Barhopped
  • Depreciable
  • Isomerization
  • Electroforming
  • Ternate
  • Differentiability
  • Attestor
  • Bandies
  • Disbudded
  • Interrogatories
  • Brayed
  • Impurely
  • Bandier
  • Segregative
  • Mollifies
  • Malnourishment
  • Digitalizing
  • Erroneousness
  • Rapidness
  • Unlash
  • Unstrings
  • Loathsomely
  • Laciest
  • Ithyphallic
  • Withholdings
  • Luxated
  • Guzzler
  • Succulently
  • Unfashionableness
  • Rotatory
  • Superheating
  • Maritally
  • Disbarring
  • Perspicuous
  • Leps
  • Estranger
  • Secretor
  • Villainously
  • Spectrally
  • Distrait
  • Acidophilic
  • Starver
  • Intolerableness
  • Quainter
  • Misprized
  • Chumminess
  • Underachieved
  • Transcendents
  • Solferino
  • Victimise
  • Gaminess
  • Homologizing
  • Invasively
  • Deliquesced
  • Tweezes
  • Exogenously
  • Aggrieving
  • Bathyal
  • Insusceptibility
  • Stolidness
  • Confounder
  • Adversative
  • Rotatory
  • Disfranchises
  • Deliquesce
  • Coerciveness
  • Ghostliest
  • Besprinkled
  • Frowziest
  • Scrupulosity
  • Lissomness
  • Dilapidating
  • Nestler
  • Impetuously
  • Fussier
  • Absorbable
  • Salvages
  • Disentomb
  • Parous
  • Impugns
  • Consociated
  • Contemporizes
  • Macerated
  • Sloshy
  • Disperser
  • Birr
  • Sledged
  • Skyjack
  • Limn
  • Girt
  • Interruptible
  • Raisable
  • Spang
  • Facultative
  • Vouchsafing
  • Introspected
  • Stannous
  • Muncher
  • Retractible
  • Alee
  • Versifying
  • Overlander
  • Notarisation
  • Masticated
  • Transmigrating
  • Viperish
  • Arbitrates
  • Unguardedness
  • Inosculates
  • Recreant
  • Bludging
  • Suppurates
  • Reft
  • Calculatingly
  • Poaches
  • Synthetical
  • Inveighed
  • Spectating
  • Mangiest
  • Outranged
  • Scantiest
  • Syllogistic
  • Discreteness
  • Misapplying
  • Nonplused
  • Undergrounding
  • Decon
  • Confucians
  • Indeterminately
  • Trackless
  • Effervescently
  • Impoliteness
  • Anatomize
  • Stot
  • Blowziest
  • Overtaxes
  • Ensphere
  • Chlorination
  • Inspirited
  • Undeletes
  • Disorganizes
  • Gaminess
  • Insusceptible
  • Ohioan
  • Transubstantiate
  • Unhorsing
  • Terraqueous
  • Sequestrate
  • Iciness
  • Depilate
  • Contused
  • Yieldable
  • Hallooing
  • Insalivated
  • Sulkiness
  • Unsaddles
  • Upsprang
  • Intendedly
  • Winglessness
  • Consociated
  • Thieved
  • Pends
  • Scruffier
  • Macerated
  • Desynchronized
  • Aggrandizing
  • Spraddling
  • Countersues
  • Salients
  • Showiest
  • Apishness
  • Signalizes
  • Dischargeable
  • Planetaries
  • Scrunches
  • Dapperness
  • Presold
  • Unwholesomely
  • Backstabber
  • Languishment
  • Shrived
  • Redistributionist
  • Obvolute
  • Rehydratable
  • Disencumbering
  • Crassest
  • Glister
  • Alterable
  • Surveyable
  • Gumps
  • Extemporized
  • Downscaled
  • Efflorescing
  • Crabbedly
  • Dispraises
  • Antiarrhythmics
  • Osteoplastic
  • Prepositive
  • Upraising
  • Waterskis
  • Languishment
  • Bestialize
  • Disencumbering
  • Ratiocinating
  • Disembroiled
  • Aspersorium
  • Upstater
  • Passionateness
  • Whensoever
  • Disambiguates
  • Enclasping
  • Foreruns
  • Womanliest
  • Unilinear
  • Coddler
  • Bespattering
  • Winy
  • Limn
  • Comfiest
  • Overspreading
  • Grumpily
  • Masticated
  • Murderousness
  • Mislikes
  • Draggy
  • Disintegrative
  • Exiguity
  • Fictionalizes
  • Desegregated
  • Unstop
  • Reinsurer
  • Clamant
  • Downscaled
  • Valorizing
  • Scumble
  • Scaping
  • Resected
  • Individuate
  • Inconsequence
  • Spraddled
  • Traumatizes
  • Winterkill
  • Neurogenic
  • Declassed
  • Passerine
  • Conjoins
  • Lours
  • Homophonic
  • Wiliest
  • Namechecked
  • Robustious
  • Noteworthiness
  • Accountableness
  • Acclaiming
  • Surficial
  • Superintended
  • Disaffect
  • Stolidest
  • Aspirer
  • Foreswore
  • Overtimes
  • Tatted
  • Magnetizes
  • Quaintest
  • Bespangling
  • Outfoxing
  • Syned
  • Tersest
  • Engager
  • Rearwards
  • Wheezer
  • Mellowness
  • Rapaciousness
  • Personate
  • Retractible
  • Osteoplastic
  • Unsticking
  • Tremulously
  • Moderato
  • Mutandis
  • Underbred
  • Palpitates
  • Tautened
  • Defter
  • Finlandization
  • Unlash
  • Nonplused
  • Avowing
  • Waviness
  • Countryfied
  • Umbrageous
  • Witlessness
  • Farrow
  • Longsome
  • Outstare
  • Georgic
  • Glaucous
  • Roisters
  • Shadowiness
  • Exasperates
  • Etherealization
  • Radicalness
  • Burglarproof
  • Scantier
  • Resecting
  • Syne
  • Devilishness
  • Perilousness
  • Countervails
  • Sententiously
  • Upholsterer
  • Transfuses
  • Shuddery
  • Inweave
  • Unsettlement
  • Sentimentalizes
  • Retrogresses
  • Rumple
  • Disestablishing
  • Depasturing
  • Transitoriness
  • Sloshy
  • Rebounder
  • Superheater
  • Sonorously
  • Exclusionist
  • Suitableness
  • Remittee
  • Infectivity
  • Sedates
  • Bushiest
  • Uranic
  • Perforator
  • Depasturing
  • Stomachic
  • Osculate
  • Annualized
  • Encashing
  • Sabs
  • Quintupling
  • Underfeeding
  • Frowsy
  • Saturable
  • Cheerlessness
  • Wiredraw
  • Embalmer
  • Inwreathe
  • Overdyed
  • Readdressed
  • Unsexes
  • Excavates
  • Marinates
  • Incarcerates
  • Effacing
  • Timbered
  • Toothsomeness
  • Gladding
  • Unlikeness
  • Accentual
  • Smirching
  • Jocularly
  • Raggedness
  • Symptomatically
  • Metricated
  • Snivelled
  • Comfier
  • Desecrates
  • Distrains
  • Inaptitude
  • Strangulating
  • Disobliges
  • Extradites
  • Effloresces
  • Theocentric
  • Ephemerality
  • Declutching
  • Ohioan
  • Parching
  • Inconstantly
  • Thixotropic
  • Ulcerating
  • Autonomically
  • Garnishee
  • Germanized
  • Bandies
  • Swanking
  • Reverentially
  • Suffication
  • Continuative
  • Transubstantiating
  • Overtaxes
  • Humpy
  • Typicalness
  • Chivalrousness
  • Electrodeposition
  • Inconstancies
  • Adagios
  • Coexistent
  • Dispraising
  • Motherliness
  • Inducts
  • Imprudently
  • Upstater
  • Digitalizing
  • Reforesting
  • Hummable
  • Arbitrates
  • Malinger
  • Outstep
  • Insphering
  • Ganoid
  • Miscalled
  • Outdistanced
  • Glister
  • Transmuter
  • Squanderer
  • Temperateness
  • Whishing
  • Fosterer
  • Chillily
  • Andalucian
  • Liassic
  • Overspreading
  • Flayer
  • Iciness
  • Dishevelment
  • Deconcentration
  • Semblable
  • Amidship
  • Prolateness
  • Embossment
  • Incarnating
  • Tininess
  • Mutandis
  • Sequestrated
  • Ethereally
  • Coarsen
  • Disarticulate
  • Nighs
  • Disinterment
  • Accentual
  • Smoulders
  • Dree
  • Furtiveness
  • Masticated
  • Excludable
  • Sharped
  • Apocrine
  • Introrse
  • Prognosticating
  • Uninsurable
  • Tatted
  • Sudorific
  • Demounted
  • Maestoso
  • Sudorific
  • Entombment
  • Consociated
  • Transistorized
  • Ganoid
  • Dielectrics
  • Grislier
  • Desquamation
  • Matrilineally
  • Unscrambling
  • Flagellates
  • Recommendatory
  • Seychellois
  • Stotting
  • Revilement
  • Forbiddance
  • Pregent
  • Obtrusion
  • Insalivate
  • Reprover
  • Hypnotization
  • Intolerableness
  • Desolateness
  • Viler
  • Muddleheaded
  • Calumniates
  • Immiserating
  • Wrongfulness
  • Miraculousness
  • Brominated
  • Desponds
  • Rubberizing
  • Resecting
  • Upraising
  • Reverberative
  • Syllogize
  • Divinized
  • Emotiveness
  • Enlightener
  • Dishevelment
  • Prosiest
  • Ravishes
  • Disentombing
  • Indistinctness
  • Discombobulate
  • Proselytizer
  • Machiavellism
  • Propounds
  • Obtrusion
  • Detacher
  • Aspersorium
  • Melodramatically
  • Allocatable
  • Insphering
  • Ingraftment
  • Startler
  • Bandies
  • Impugns
  • Aswarm
  • Swiving
  • Suppurate
  • Interposal
  • Confected
  • Drubbed
  • Equatable
  • Castellated
  • Epizootics
  • Chucklingly
  • Tremulously
  • Famish
  • Slackens
  • Sequestrate
  • Ensouling
  • Misgive
  • Cajolery
  • Mislays
  • Vasomotor
  • Ultramicroscopic
  • Extortive
  • Embitter
  • Vinegary
  • Semiprivate
  • Passerine
  • Moodiest
  • Plateresque
  • Technologized
  • Reductiveness
  • Objectionableness
  • Russify
  • Raisable
  • Exceptionalness
  • Ravishes
  • Snigged
  • Inosculated
  • Confronter
  • Consociated
  • Nodder
  • Unscientifically
  • Bodycheck
  • Beninese
  • Luminousness
  • Nixes
  • Superlativeness
  • Suaver
  • Hypostatizes
  • Trashiness
  • Nestler
  • Sunnily
  • Dissatisfactory
  • Scabbiness
  • Shushes
  • Fluoresce
  • Termless
  • Assorting
  • Implanter
  • Presentableness
  • Unhorsing
  • Upstater
  • Adorer
  • Huffiness
  • Rigorousness
  • Reposes
  • Unfashionableness
  • Methodicalness
  • Turgescency
  • Loathsomely
  • Scandalizes
  • Terrestrially
  • Fixedness
  • Conformers
  • Preclusive
  • Turnable
  • Supersession
  • Emption
  • Erroneousness
  • Intercropped
  • Sudorific
  • Cartesians
  • Sforzandi
  • Introrse
  • Discombobulate
  • Unthinkingness
  • Lineally
  • Innocuousness
  • Bespangling
  • Sourest
  • Emends
  • Seriatim
  • Remonstrates
  • Jerkiest
  • Chastiser
  • Underquoting
  • Facultative
  • Scintillant
  • Upscaled
  • Fluoresce
  • Intervocalic
  • Divergently
  • Sniveller
  • Overarm
  • Journalizing
  • Cosigning
  • Ingressive
  • Slipperiest
  • Hypostatized
  • Disconfirms
  • Isotropy
  • Underwrote
  • Officiousness
  • Spirting
  • Uprootedness
  • Ovate
  • Superposes
  • Retractible
  • Superposable
  • Demarcates
  • Railer
  • Barnstormer
  • Insensitiveness
  • Energization
  • Distils
  • Tutted
  • Interruptible
  • Overspreads
  • Meeter
  • Sloshy
  • Doltish
  • Salients
  • Adduces
  • Sufficing
  • Rotatory
  • Jocularly
  • Spang
  • Putrescible
  • Appendicular
  • Lobar
  • Deliquesce
  • Dealcoholized
  • Coddler
  • Overstrung
  • Unpromisingly
  • Quantizes
  • Setose
  • Knottiness
  • Pawkiness
  • Confounder
  • Delegitimizes
  • Untenableness
  • Perturbs
  • Consolingly
  • Misname
  • Raptorial
  • Clastic
  • Shoddiest
  • Propagational
  • Blesser
  • Unobtrusiveness
  • Irrevocability
  • Outfoxing
  • Expertize
  • Resupination
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  • Rumples
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  • Thixotropic
  • Afforested
  • Insalivated
  • Decrescent
  • Tattier
  • Scaping
  • Snidely
  • Disfranchises
  • Interestedness
  • Maestoso
  • Shallowing
  • Coddler
  • Arsenious
  • Predecease
  • Underdo
  • Deboning
  • Upholder
  • Inosculate
  • Spontaneousness
  • Backhandedly
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  • Appulses
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  • Tweezes
  • Unobtrusiveness
  • Dealcoholized
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  • Titrated
  • Discountenance
  • Luxating
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  • Phrenic
  • Derecognized
  • Ruing
  • Regressiveness
  • Dislocates
  • Subduction
  • Rifler
  • Depolarizing
  • Luxated
  • Modernness
  • Estimative
  • Appositeness
  • Scumbled
  • Countervails
  • Perviousness
  • Overperform
  • Absorbable
  • Categorizable
  • Stratospherically
  • Multipolarity
  • Conjoins
  • Pliantness
  • Rogered
  • Discomposing
  • Hellenization
  • Puerility
  • Misprizing
  • Interposal
  • Deliquesce
  • Americanize
  • Deodorized
  • Aggrieving
  • Regretter
  • Satiable
  • Tweezes
  • Unshakably
  • Snarler
  • Disestablishment
  • Tastily
  • Churchy
  • Anglicizing
  • Disconnectedly
  • Vocalic
  • Upscaled
  • Resorbed
  • Mismanages
  • Resected
  • Mothball
  • Syne
  • Proselytizer
  • Tarnishable
  • Volant
  • Lours
  • Extinguishment
  • Tocher
  • Completest
  • Anxiolytic
  • Transubstantiated
  • Trackless
  • Ensouls
  • Unobtrusiveness
  • Inconstantly
  • Copolymerized
  • Intertwisting
  • Robustious
  • Operably
  • Ticklishness
  • Pharasaical
  • Exclusionist
  • Sootier
  • Destining
  • Showily
  • Inosculating
  • Indisposes
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  • Fomenter
  • Wiliest
  • Plast
  • Incisiveness
  • Cherishers
  • Undersize
  • Apparentness
  • Temperateness
  • Outranged
  • Inosculates
  • Wrester
  • Indomitableness
  • Annunciates
  • Enlightener
  • Unclasps
  • Blesser
  • Leps
  • Solvates
  • Construes
  • Subsister
  • Intones
  • Equatable
  • Succulently
  • Rigidify
  • Remonstrative
  • Valiants
  • Roughish
  • Nerveless
  • Methodicalness
  • Philosophizes
  • Punctation
  • Carboxylates
  • Outsteps
  • Hallooed
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  • Ultramicroscopic
  • Nugatory
  • Costiveness
  • Sermonizer
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  • Vaingloriousness
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  • Supposer
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  • Suspensive
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  • Arcuate
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  • Confounder
  • Desegregated
  • Assorting
  • Sinuousness
  • Breathier
  • Rifler
  • Jerkiest
  • Categorizable
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  • Threepenny
  • Intussuscept
  • Dissoluble
  • Chicaner
  • Superinducing
  • Misconceiving
  • Sunnily
  • Sullener
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  • Coriaceous
  • Burglarproof
  • Noteworthiness
  • Sufficing
  • Adduces
  • Swanks
  • Damascening
  • Superinduce
  • Undershoot
  • Fuegian
  • Tersest
  • Extraordinariness
  • Equatorially
  • Apparentness
  • Subtending
  • Clastic
  • Uprose
  • Longwise
  • Reddishness
  • Piscivorous
  • Regretter
  • Versifies
  • Welshing
  • Rewires
  • Blabbers
  • Misliker
  • Apostrophizing
  • Statelier
  • Exceptionalness
  • Consolingly
  • Rainproof
  • Sappier
  • Scabbiness
  • Devilishness
  • Prognosticating
  • Stridulous
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  • Semblables
  • Churchy
  • Cookable
  • Adversative
  • Scumble
  • Swerver
  • Overprints
  • Pollinates
  • Limns
  • Afferent
  • Molests
  • Unloosening
  • Torpidity
  • Predeterminate
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  • Intriguer
  • Vivisecting
  • Prurience
  • Antipathetic
  • Eternizing
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  • Hispid
  • Subtending
  • Overstocking
  • Impleadable
  • Punitively
  • Deodorized
  • Outthrust
  • Spontaneousness
  • Pastness
  • Scholarliness
  • Scantiest
  • Dispraised
  • Weighable
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