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Sentado en el banco de su celda y arrebujado en su grueso balandrán de paño, el Hermano Luis contempla distraído el paisaje que rodea el seminario. Bajo un cielo plomizo se extiende la sabana monótona enmarcada de eucaliptos y recortada a lo lejos por colinas. El Hermano Luis es un joven filósofo de 17 años, fornido y sano, a quien han hecho robustecer los frijoles de la cena conventual. Posee lo que llaman los tratadistas de oratoria el “exordio de insinuación” y es el hombre de confianza de la casa. Es el que reparte las escobas (uno de los puestos de más importancia y de más compromisos en el noviciado); es quien planea los paseos y saca los permisos, y sobre todo, el que logra convencer al maestro de novicios.
Desgraciadamente las muchas alabanzas que ha recibido y la simpatía general de que lo han rodeado sus condiscípulos, han atacado invisiblemente y han debilitado el corazón del seminarista. Y lo peor de todo es que lo han vuelto soñador, que es lo menos indicado para un novicio, como lo enseña una larga experiencia. Precisamente en este momento está mirando distraído a través de la ventana de su celda. De repente lo saca de su ensoñación el llamado de alguien que toca a su puerta. El Hermano Luis, un poco sobresaltado, pensando si será el superior, manda seguir.
— ¿Es usted el Hermano Luis?
— Si; para servirle. — Hermano vengo de parte de su familia, y deseo hablar con usted confidencialmente. No se extrañe de mi presencia aquí, que ya se la voy a explicar. ¿Quiere que nos sentemos?
El Hermano Luis le ofrece una silla al desconocido, mientras contempla azorado el rostro pálido e inteligente del forastero, que lo mira con pertinacia y afabilidad.
— Don Julián, su padre, me ha suplicado que venga a hacerle una visita oficiosa. Soy médico graduado en varias universidades europeas, pero mi medicina, aparte toda modestia, es un prodigio de sabiduría y de penetración. He sido profesor en algunas facultades extranjeras, y ahora estoy en un viaje de estudio por América del Sur. Me han dicho que usted está enfermo. ¿Es verdad?
— No. Doctor, absolutamente. Gozo de perfecta salud.
Eso, Hermano Luis es lo que vengo de parte de su padre a examinar. Permítame un momento. Usted sabe que la mayor parte y las más graves de nuestras dolencias las desconocemos nosotros mismos.
El doctor sacó de un finísimo estuche un fonendoscopio y auscultó el corazón del seminarista.
— ¿Observa la aguja? Su oscilación significa que usted está enfermo. Su corazón está angustiado y febril, requiere un cuidado especial de toda urgencia.
El médico guardó lentamente el aparato y volvió a mirar al joven novicio. Era hombre de unos cincuenta años, pulcramente vestido de paño oscuro. Tenía una mirada acerada e implacable, al mismo tiempo que extraordinariamente persuasiva.
Después, sonriendo, como para ganarse toda la confianza de su paciente, continuó hablando. Su palabra era viva y fugaz, sin dejar de ser extrañamente dominadora.
Le habló al Hermano de las diversas enfermedades del corazón, y de los últimos sistemas psicopatológicos. Le discurrió sabiamente acerca del subconsciente y del psicoanálisis, de la libido y de la sublimación; le inquirió acerca de sus sueños y se los interpretó de un modo peregrino aplicándoles las teorías de Segismundo Freud y Karl Jüng. Y por último e formuló, como los únicos remedios para sus dolencias, los derivativos del mundo y de la gloria y del amor.
El Hermano Luis miraba deslumbrado a aquel desconocido que de tal modo le había subyugado con su palabra. Un instante logró apartar sus ojos de la mirada de su extraordinario interlocutor, y contempló angustiado la estampa de la Virgen que tenía en su mesa de estudio.
Después volvió a mirar al médico que parecía calcinarlo con el brillo fulgurante de sus pupilas. Y siguió largo tiempo oyéndolo hablar de cosas que él no había pensado jamás: de los imperativos de a naturaleza humana y de los peligros de los que contrarían las exigencias del corazón.
Habían pasado tal vez varias horas. Pero el Hermano Luis no se daba cuenta del tiempo. Al fin el médico se acercó al seminarista y le puso cariñoso las dos manos en los hombros mirándolo con extraña insistencia.
— Mire, Luis: a los 17 años hay que hacer algo en la vida. Usted, ante todo, necesita probar el amor... Usted no está hecho distinto de los a demás hombres. Busque el sentido y la utilidad de la vida. Y tenga mucho cuidado con la enfermedad del corazón, que eso le puede traer gravísimas consecuencias. Y para despedirse, el doctor miró con atención no desprovista de ironía los libros que se enfilaban en el pupitre del seminarista: la Santa Biblia, algunos textos de filosofía y unos tratados de mística.
— Luis... ¡si viera usted mi biblioteca! Un día tal vez se la he de mostrar, y entonces sabrá lo que son los libros...
Por último, se despidió afectuosamente del joven estudiante, y se alejó por la galería.
El Hermano Luis quedó desconcertado. Todavía guardaba en su retina lo impenetrable, lo misterioso, lo dominador de la mirada del médico. Todavía resonaban en sus oídos las palabras embrujadas de ese hombre.
Miró el reloj, y cayó en la cuenta de que sus compañeros estaban en la comida. Caminando como un sonámbulo llegó al refectorio, pidió excusas al superior por la demora, y se dirigió a su mesa.
Distraídamente oyó la lectura en latín que estaban haciendo en ese momento en la cual se escuchaban las palabras bíblicas: “Todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida”.
El Hermano Luis no probó la comida: le ardía la cabeza, y le parecía feo e insípido todo, desde la lectura hasta la sopa.
Después, en la recreación, estuvo solo, paseándose en silencio por los claustros. Verdaderamente estaba sintiéndose enfermo del corazón, y desconocidas ambiciones le hacían ver estrecho el patio y angosta la vida. “Usted necesita probar lo que es el amor”... resonaba continuamente en su espíritu.
Estaba el superior esa misma noche rezando Maitines y Laudes, cuando el Hermano Luis tocó a su puerta.
El Padre o hizo esperar algunos minutos mientras terminaba una lección y después le dijo con una maliciosa y suave sonrisa:
— Hable.. Hermano Luis. ¿Algún permiso? ¿Otra excursión?...
— No Reverendo. Vengo a hablar con S. R. íntimamente. Me siento un poco enfermo del corazón, y me está pareciendo estrecho el espacio y la vida del seminario para mis anhelos. Y S. R. no se escandalizará: necesito ir a probar el amor.
Y siguió repitiendo casi textualmente todo el discurso del médico sin omitir aún la interpretación forzada de sus sueños.
El superior lo oyó tranquilamente hasta el fin, con una sonrisa de ironía... Y cuando terminó le dijo:
— Hablando claramente Hno. Luis: ¿De modo que usted piensa que necesita un amor que no puede hallaren el claustro? — Así es Padre. — ¿Y desde cuándo está con esas? ¿Quién e enseñó todo lo que me ha dicho?
— Hace algún tiempo un médico me habló muy claramente de las leyes que rigen al hombre...
El superior, que tenía por lema “no atajar a nadie” y que “al seminario entra el que puede y sale inmediatamente quien quiere”, le respondió calmadamente:
— Usted sabe, Hermano Luis, que en las galeras del servicio de Dios todos los galeotes son voluntarios. De modo que si ese es su parecer lo sentiríamos mucho, pero puede realizarlo. Solamente le voy a pedir una cosa: usted ha sido muy devoto siempre del dulcísimo Corazón de María. Vaya y consúltele a Ella. Y si persiste en su idea, se despide de Ella como buen hijo. Ella hasta hoy ha sido su Madre; antes de marcharse por los caminos que le mostró médico, aconséjese con Ella. Y recuerde que esta puerta del seminario sólo se franquea una vez...
El Hermano emocionado pero resuelto salió de la rectoría y se dirigió a la capilla solitaria. Eran cerca de las diez de la noche, todas las luces estaban ya muertas. Solamente la lámpara de aceite proyecta una luz vacilante sobre los grandes ventanales de la capilla, y sobre la imagen del Corazón de María. El seminarista se arrodilló ante la imagen, la miró una vez bajó la cabeza soñolienta. Haciendo un esfuerzo real volvió a levantarla para rezarle a la Virgen. A los pies de ésta enroscaba la simbólica serpiente, que miraba con sus ojos llameantes. Abrió Hermano muy bien los suyos, impresionado porque había descubierto en el fulgor de la sierpe algo semejante al brillo los ojos hipnotizantes del psiquiatra, cuando le decía: “Luis usted tiene que pobar lo que es el amor”.
Después volvió a mirar el rostro Corazón de María. Este era un símbolo del amor. Se le ocurrió en un momento si sería posible buscar ahí el amor y la satisfacción sentimental que necesitaba para su vida.
¿Encontraría acaso en Ella la ternura, la belleza, la intimidad y el ardor (y porqué no decirlo), los besos que su alma de 17 años necesitaba?
¡Probar lo que es el amor!... ¿No sería para eso precisamente para lo que se ha puesto por modelo a los jóvenes seminaristas que se van a apartar del mundo y de su vano amor, al Corazón de María como un objeto satisfaciente del ardor juvenil?
¿Podría quizá la Virgen colmar, saciar, lo que su corazón exigía?
El pobre seminarista, soñoliento, sintió que alguien le tocaba suavemente los hombros. Volvió los ojos angustiados, y vio a una joven de una belleza y de una ternura sin igual.
La Doncella le pasó las manos suaves como lirios por la frente sudorosa. Y le dijo con voz apenas perceptible: — Hermano Luis, Yo soy el amor que tú buscas. ¿No quieres probar lo que es el amor? Yo también quisiera saborear el tuyo. No te vayas en busca de las cisternas salobres y secas del mundo. El mundo engaña y la carne mancha. Yo soy la que puedo dar sentido, y utilidad a tu vida. El sentido de la vida proviene de la conformidad con la voluntad divina. Nada más puede explicar y expresar la vida. Y yo te enseñaré a cumplir esa voluntad. Y la utilidad es la proyección de tu vida sobre los demás. Mira a lo lejos el resplandor de una Hostia que brilla en tus manos para el mundo y el de un Sacrificio que transformará tu existencia. Hermano Luis, tú no sabes todavía lo que es el amor, y sólo lo sabrás cuando me conozcas el Corazón.
El Hermano Luis extasiado, quiso levantarse para besar las manos de la Dulce Doncella. Pero Ella lo retuvo suavemente diciéndole:
— Antes de llegar a los ósculos del amor has de pasar por los besos de la sangre y del dolor, de la abnegación y de la humildad. Es cierto que necesitas implacablemente del amor. Que las exigencias del corazón no se pueden burlar... Busca mi amor. Entrégalo todo a cambio de mi amor. Y no des crédito a la carne, ni des crédito al maldito.
El Hermano Luis levantó la cabeza que tenía caída sobre el pecho, y miró inquieto la capilla solitaria. Sólo seguía velando la lámpara de aceite que reflejaba su luz sobre el rostro de la Virgen del Corazón.
A lo lejos el reloj de la parroquia daba las doce de la noche.
El Superior, que había aguardado hasta ese momento orando por su hijo espiritual, entró al sagrado recinto y le dijo:
— Hermano, es tiempo que se vaya a acostar...
El Hermano Luis atravesó vacilante la capilla, y acompañado de su superior se fue por los corredores.
— ¿Siempre se marcha a buscar y a probar lo que es el amor? le preguntó en voz baja el Superior.
El Hermano no pudo contestar una palabra, porque no tenía voz en la garganta. Al día siguiente el seminarista no se levantó a la hora de costumbre. El enfermero penetró en su cuarto y lo halló delirando. Y en la fiebre hablaba del amor, y de la Virgen, y gritaba que no le dejaran entrar al “Doctor” que se estaba asomando. Mientras esto sucedía en la celda del Hermano, un novicio barría como de costumbre el corredor adyacente. Y barriendo notó que las tablas del piso tenían rastros negros como de una plantilla de fuego que hubiera pasado por allí calcinando las maderas.
A los pocos minutos todos los 15 novicios se habían reunido con sus escobas y sus delantales, a examinar y a dictaminar sobre las pisadas carbonizadas.
Rasparon el carbón con el cabo de las escobas, e invariablemente todos decían: “Eh Ave María, esto no pudo ser sino el puro diablo que pasó por aquí. Hijuel casco p’a bravo...”.
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